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Ámok no es un libro fácil. Para empezar, el narrador, que también es el protagonista, sufre de esporádicas lagunas mentales, de modo que cuenta las cosas de una manera siempre incompleta, sesgada, inconfiable. X, así se llama nuestro personaje, vive una doble vida. En la vigilia deambula por la rutina más gris y en la noche asume el amor por el peligro, y por la emoción veloz y explosiva, y por la competencia. Pero al día siguiente siempre hay algo que olvida, de ambos mundos.

Hay otra variable, que le da complejidad y espesor al relato: X es un personaje al que le ocurren cosas en sueños, como se dice en el propio libro. Y ahí está la primera gran clave, a mi modo de ver, de Ámok: estamos ante una novela que realiza una exploración introspectiva. X está perdido, sus experiencias son confusas y ambiguas, pero escruta sus sueños y sus actos desde una distancia que se puede leer como patología pero también como auto exégesis. Dicho de otro modo: X puede ser un loco de remate o puede ser alguien que realiza un tortuoso viaje de autoconocimiento. Incluso en ese punto de partida vibra la ambigüedad.

X es alguien que ha sufrido una suerte de explosión nuclear –una explosión en la familia nuclear, para ser más concretos–, y tiene que lidiar con las esquirlas y la onda expansiva de ese golpe. Vive en un estado de anhedonia, de ausencia de placer. Pero está empecinado en buscar un sentido. Quizá porque intuye que esa es la única forma de salvar el pellejo.

Ámok es un libro plagado de aventuras, de vértigo, de deseo y voluntad de juego; pero también es un libro que siempre nos va dejando la impresión de que, en realidad, en el fondo, nos está hablando de otra cosa. De algo que nunca se explicita del todo. De algo que siempre tiene un costado simbólico, que gira y deja una zona en penumbra. En ese sentido me recuerda a un relato gráfico de Jason, quien es, a mi modo de ver, el verdadero gran autor noruego de estos tiempos, muy por encima del marketeado Karl Ove Knausgård. En «Estás aquí», uno de los cómics de su libro Low Moon o Luna baja, Jason cuenta la historia de una mujer que discute con el esposo y luego entra a su cocina a preparar el almuerzo para la familia. Pero es abducida por un extraterrestre. El marido y el hijo pequeño, de pronto desamparados, deben empezar a resignarse y a reconstruir sus vidas. Pero el marido, más bien, se empecina en construir una nave espacial, durante décadas, para ir a buscarla. ¿Qué representa esa nave espacial? ¿En qué se ocupa el marido realmente? ¿Qué pasó con la mujer? Intuimos que el extraterrestre es un símbolo, pero no sabemos exactamente de qué. En el fondo no importa, quizá. En el fondo lo que hay es pérdida, dolor e incertidumbre. Y esa incertidumbre le da una energía especial a la historia, un misterio.

Algo similar ocurre con Ámok. El misterio es el que comanda.

Al principio hablé de una primera gran clave. Hay una segunda clave. Que va por una ruta distinta, y que resulta complementaria: un asunto social subyace en el libro. Por encima hay velocidad y drogas y juegos perversos, pero en un segundo nivel, soterradamente, corre una historia de desplazamientos sociales, de nuevas marginalidades. Y aquí los juegos con la realidad social y política se hacen evidentes, y se siembra la ironía. Los personajes han emigrado del Sur al Norte, y viven en trailers, y su rutina es una combinación permanente de televisión, trabajos precarios y comida chatarra. En ese sentido la lectura de Ámok me hace pensar en ese filón de la literatura enmarcado como realismo sucio, representado por las voces icónicas de Fante o Bukowski, solo que atravesado por el delirio, por la confusión, por el sueño. Y ese segundo elemento, esa intromisión de la sombra, digamos, inevitablemente contamina la sintaxis. Por eso el libro está construido sobre esa cadena de frases largas pero rápidas, de cambios inesperados. Y por eso también la estructura pareciera funcionar como la edición de una película: cada corte es una sorpresa, cada cambio de escena es una laguna mental pero también un gesto expresivo.

Leer Ámok, en suma, es entregarse a una aventura singular. Una de esas aventuras que escasean por estos pagos, y que por eso son tan necesarias: una aventura que reivindica lo ambiguo, lo inesperado, lo difícil, lo diferente.

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